Carta de Santiago Agustín, codirector de INTERFERTILITY

 

11 años después, asisto a una campaña contra la gestación subrogada que parece escrita por el mismo guionista que la que viví en 2006 contra la interrupción voluntaria del embarazo. De nuevo como trabajador me veo envuelto en acusaciones terribles…

 

Corría el año 2006, yo tenía 26 años y trabajaba como psicólogo los fines de semana en el Centro Joven de Anticoncepción y Sexualidad de Madrid (CJAS). Era un puesto muy intenso, y también muy bonito. Allí acudían adolescentes y jóvenes en busca de ayuda e información: mujeres y a veces casi niñas, que no querían continuar con un embarazo no planificado; que no sabían cómo protegerse de infecciones de transmisión sexual; que tenían conflictos familiares en torno al ejercicio de su sexualidad… El CJAS era uno de los dos únicos lugares de Madrid donde podía conseguirse gratuitamente la receta para la llamada “píldora del día después” en fin de semana, así que se formaban unas colas enormes durante mi turno. En ese contexto conocí a varias mujeres que acababan de sufrir una agresión sexual y necesitaban este medicamento. A veces yo era la primera persona con quien hablaban; antes incluso que con la policía o sus seres queridos. Mi labor era hacerlas sentir lo más acogidas emocionalmente posible, ayudarlas a tomar decisiones (penales, sanitarias y psicológicas), y explicarles cómo funcionaba el medicamento con el que evitar un embarazo que no deseaban.

 

Pues bien, en aquel 2006, había varios grupos ultra conservadores que consideraban que el trabajo que hacíamos era fomentar el asesinato de bebés. Nos pusieron en la diana tanto a nosotros como sobre todo, a algunas clínicas madrileñas donde se practicaban interrupciones voluntarias del embarazo. Estos grupos ultras estaban organizados en torno a un discurso totalmente demagógico; convocaban manifestaciones en las que portaban pancartas con fetos mutilados, y nos comparaban con genocidas a la altura de Hitler. Escribían cartas ficticias de fetos que no habían podido vivir; hablaban de supuestas “abortadoras arrepentidas”, y comparaban las decisiones informadas de las mujeres españolas con los abortos forzosos de determinados regímenes totalitarios.

 

La táctica de estos grupos ultra conservadores llegó al nivel de ponerse en la puerta de las clínicas de interrupción voluntaria del embarazo e interceptar a las mujeres que acudían allí. Las llamaban asesinas y les pedían que no ejerciesen su derecho a decidir sobre su propio embarazo. Empezaron a acosar a quienes trabajaban en estas clínicas. Se produjeron agresiones físicas. A los trabajadores del CJAS nos dieron algunas instrucciones por si se producía tensión en nuestro centro.

 

A mí en lo personal nunca me afectó esta campaña; siempre estuve orgulloso de mi labor y no me consideraba amenazado físicamente. Pero sí sentía mucha rabia por el acoso al que se estaba sometiendo a mujeres que ya lo estaban pasando mal de por sí (interrumpir un embarazo no es plato de buen gusto para nadie). Me parecía fatal lo que estas personas estaban haciendo en base a una percepción totalmente deformada de la realidad. Creo que los fanáticos que acosaban a mujeres en las puertas de aquellas clínicas no eran conscientes del daño tan enorme que estaban haciendo a chicas que sólo estaban ejerciendo su derecho a decidir.

 

El tiempo ha pasado, y ahora trabajo en INTERFERTILITY, una empresa que asesora a ciudadanos españoles sobre sus opciones reproductivas. Si en 2006 explicaba a jóvenes y adolescentes cómo evitar embarazos no deseados, ahora acompaño a adultos en su camino para ser padres y madres con ayuda de gestantes y donantes de semen y óvulos. El trabajo mantiene algo similar, la base sigue siendo ayudar a las personas a dirigir su vida en uno de los ámbitos más importantes: la reproducción. Otras cosas han cambiado: ya no trabajo por cuenta ajena, e INTERFERTILITY es una empresa con ánimo de lucro, al contrario que la ONG que gestionaba el CJAS.

 

11 años después, asisto a una campaña contra la gestación subrogada que parece escrita por el mismo guionista que la que viví en 2006 contra la interrupción voluntaria del embarazo. De nuevo como trabajador, me veo envuelto en acusaciones terribles.

 

Una serie de grupos, esta vez no sólo ultras, también feministas, llevan tiempo posicionándose en contra de la gestación subrogada. Defienden que no se puede aceptar que una mujer geste al hijo de otros; que siempre será su hijo y ella no tiene derecho a hacer algo así. Critican posibles situaciones de indefensión de las mujeres gestantes cuando éstas tienen motivaciones económicas; o directamente afirman que si la motivación es económica, la decisión de gestar para otros no puede considerarse libre. Hasta aquí todo bien. De hecho me parece natural que ante un tema tan sensible como la gestación subrogada o el aborto surjan posturas enfrentadas.

 

Creo que estos grupos tienen derecho a expresarse en contra de la gestación subrogada; como creo que lo tenían quienes no aceptaban el derecho al aborto en aquel 2006 del que os hablaba. El debate es sano, y todos podemos crecer con él. Hay argumentos que se han dado contra la gestación subrogada que me han hecho pensar; como los que expone en algunos de sus textos la psiquiatra infantil Ibone Olza. También me ha parecido interesante la postura de la activista Beatriz Gimeno en torno a si puede o no restringirse el acceso al aborto cuando el embarazo es por gestación subrogada; o si debe otorgarse a las gestantes algún tipo de derecho respecto al bebé nacido. Son asuntos importantes a los que hay que dar una respuesta consensuada con todas las partes implicadas, que respete tanto el interés superior del menor como la autonomía de las mujeres gestantes respecto a sus vidas y sus cuerpos.

 

Sin embargo, no puedo describir la sensación que tengo cuando veo carteles de niños colgando de un tendedero, o cuando se compara la gestación subrogada con el robo de bebés de las dictaduras. ¡Me parece tan insultante! Lo veo tan humillante para las mujeres gestantes, los niños y los padres de intención… No tengo palabras, de verdad. Y lo peor de todo es que sé que algunas de las personas que diseñan estos carteles, o lanzan esas proclamas, condenan campañas similares por parte de los grupos ultras. Campañas que por otro lado en pleno 2017 siguen haciendo daño.

 

Con esta carta, me gustaría animar a los grupos contrarios a la gestación subrogada a que cambien el discurso. No les pido que se posicionen a favor, pero sí que debatan de forma serena. Creo que mujeres como Beatriz Gimeno o Ibone Olza son imprescindibles para que en España algún día tengamos una buena ley de gestación subrogada. Además, sé que no todos los procesos de gestación subrogada son ideales, como no lo son todas las interrupciones voluntarias del embarazo: las feministas mexicanas del Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), curtidas en años de lucha por el aborto legal, han sido las primeras en denunciar que en su país se han realizado procesos de gestación subrogada en condiciones inaceptables y que debe regularse; igual que son inaceptables las condiciones en las que se realiza el aborto clandestino. Creo que todos tenemos que aprender de ellas y evitar que esos hechos se repitan. Pero no sólo en México ha habido gestación subrogada en malas condiciones; pienso que en Estados Unidos, Canadá o Ucrania también hay mucho que mejorar. En estos tres países quedan aspectos que necesitan ser regulados mejor para que los procesos de gestación subrogada sean seguros y plenamente satisfactorios para todos. Tengo algunos puntos en la cabeza que sería interesante abordar: la cobertura sanitaria, el tipo de medicación a administrar, el consentimiento informado, el asesoramiento legal independiente, la participación de la sociedad civil, el número de embriones a transferir…

 

También me gustaría pedir a quienes responden a estas campañas que no caigan en el insulto o ataquen al feminismo como movimiento. Utilizar términos como “feminazis” para referirse a las activistas contra la gestación subrogada no es menos insultante que hablar de “vendedores de vientres” para referirse a nosotros. Esto por no hablar de algunos ataques personales que lógicamente están fuera de lugar.

 

Para terminar quiero insistir en mi llamamiento a los integrantes del movimiento contra la gestación subrogada: os necesitamos, vuestras críticas son importantes. Pero por favor, no caigáis en la demagogia. La gestación subrogada es imparable a nivel mundial, pero sin vosotros/as tal vez nunca podrá realizarse en España.


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